
En la explanada de hierba de color rojo fuego, los
conejos blancos llevan relojes de cuco de una madriguera a otra. Van con prisa
como si quisieran evitar que la puertecita se abriera antes de llegar a su
destino. Es un juego de lo más estrafalario, pero no voy a ser yo quien juzgue
las acciones de los demás. Aquí nadie se
parece a nadie, y eso me gusta, porque todo el mundo puede ser diferente sin
que le señalen con el dedo por serlo. A lo lejos veo cómo dos señores de barba
larga y blanca pedalean en una bicicleta doble de enormes ruedas delgadas. Ambos
llevan gafas de aviador, pantalones marrones y calcetines a rallas blancas y
verdes que puestos por encima del pantalón les llegan a las rodillas. Me
saludan con la mano cuando me aparto un poco del sendero y les dejo pasar. No
se paran a hablar porque, a pesar de pedalear despacio, tienen prisa.
Más tarde me cruzo con un grupo de princesas que están
colocadas una junto a la otra frente a una larga mesa de duendes de piel
aceitunada. Uno de ellos hace un gesto a la que lleva el vestido rosa con una
cola extremadamente larga, cuello de cisne y corona de zafiros. La princesa da
un paso hacia delante y canta, tiene una voz preciosa. En este momento todos
los animales que se encuentran cerca se acercan al lugar hipnotizados por la
melodía. Los duendes escuchan atentamente y con otro gesto le piden que pare.
Entonces le dan el turno a la que lleva el vestido azul de manga ancha y
filigranas plateadas. La canción me produce tal emoción que mis ojos se
humedecen. Ahora hay muchos más animales observando el espectáculo. Los duendes
dejan que esté más rato deleitándoles el oído. Mientras avanzo dejándolas atrás
pienso si el premio es poder casarse con el príncipe azul y me parece que este
lugar está bastante anticuado.
Continúo mi paso hasta llegar por fin a casa. Ya casi no
se atisba el blanco de las paredes, pues la enredadera las cubre como si fueran
amantes. El techo de tejas rojas es nuestro refugio en las noches de verano.
Allí tenemos largas conversaciones, intentamos arreglar nuestro interior
mediante palabras y parece que algo hemos mejorado. Cuando estoy frente al
portón de madera con tachuelas negras, noto unos grandes ojos amarillos mirándome
y sin darme la vuelta digo:
—Allette, podrías haber venido a buscarme a la parada del
tren.
El búho extiende sus alas doradas y se posa en mi hombro.
“Ya sabes el camino” le dice a mi mente.
—Eso no significa que no quiera compañía.
Allette sólo responde un nada que se alarga durante unos
instantes. En ese rato entro en casa y me encuentro a mí misma con once años en la mesa de la cocina
comiendo una chocolatina. Mi yo pasado se alegra muchísimo de ver a mi yo
futuro y deja todo lo que está haciendo para abalanzarse hacia mí. Se cuelga de
mi cuello y yo, que tengo treinta años, la imagino como si fuera mi hija.
—¿Cómo ha ido hoy el colegio? —le pregunto.
—Como siempre, un asco —me contesta mi pasado.
—¿Quieres hablar de ello?
—No, prefiero que veamos una película de Disney.
—¿Dónde está tu otro tú?
—Está en la habitación, seguramente escribiendo en su
diario.
—Ves preparando la película mientras voy a verla.
Allette que aún sigue posada en mi hombro me dice que
últimamente mi yo mediano está escribiendo bastante sobre las cosas que le
pasan en el día a día y yo me pregunto si alguna vez eso me ayudó en la vida.
Con esa duda llamo a la puerta. Mi yo de quince años de edad contesta
malhumorada, odia que la interrumpan cuando está concentrada en algo. Abro la
puerta y me mira con indiferencia, todavía no ha comprendido el porqué de mis
visitas.
—¿Otra vez tú?
—Sí otra vez, y continuaré viniendo hasta que decidas
entrar en razón y mejorar tu comportamiento.
No me contesta, me mira desafiante, sus labios se fruncen
en señal de desconfianza. Coge el diario, lo cierra con una llavecita plateada
y se la guarda en el bolsillo de la chaqueta de punto sin dejar de aguantarme
la mirada.
—No me hace falta leerlo para recordar.
—¿Te crees que eres más fuerte que yo verdad? Vienes aquí
con aires de grandeza, pero eso sólo es una ilusión. Ahora puedes quebrarte con
más facilidad, como una figurita de cristal.
—¿Por qué te empeñas en ser tan cruel?
Una lágrima ardiente cae por su mejilla. Tiene envidia de
mí, quiere cambiar los tiempos o simplemente borrar el que está viviendo ahora
mismo. Está enfadada con el mundo porque no puede hacer nada para cambiarlo,
completamente indefensa. Yo vengo para decirle cómo debe enfrentarse a la vida,
pero al final siempre es ella la que me da la lección a mí. Desde el comedor se
escuchan las voces de mi yo anterior, dice que la cinta ya está del todo
rebobinada. Allette me manda un mensaje, en estos momentos no tengo los ánimos
afinados como para quedarme más tiempo en esa habitación. Ahora es más
conveniente que pase un buen rato con la niña que me espera con impaciencia en
el sofá.
—¿Cuál has elegido?
—La bella durmiente.
—Hace mucho tiempo que no la veo —contesto acariciándole
el pelo y preguntándome si tanto príncipe azul no ha afectado a la visión que
he tenido de los hombres, esperando en un castillo a que viniera el hombre
perfecto que no aparecía. ¿Tengo que decírselo ahora o esperarme a que la niña
cumpla dos años más? “No esperes que un hombre sea perfecto, porque nosotras
tampoco lo somos”. Se lo diré más adelante. Me esperaré a que salga La Bella y
la Bestia, entonces se lo digo.
Allette me rasca con sus garras afiladas y me dice que ya
es hora de volver al mundo de mi presente. El tren sale en diez minutos y
debemos darnos prisa. Las hadas están preparando una sorpresa para el
cumpleaños de Aurora cuando le digo a la niña que ya debo irme. Ella se agarra
a mi cintura y grita que no quiere que
me vaya, quiere verme durante más tiempo para cerciorarse de que será muy feliz
en el futuro. Si me quedo más tiempo le daré fuerzas para afrontar otro día en
el colegio. Ahora el dolor sale de mi piel como si me estuviera evaporando.
¿Qué puedo decirle a esa niña para que no tenga miedo?
—Te prometo que durante las vacaciones de verano estaré
aquí todos los días. Hablaremos tú yo y nuestro otro tú y yo en el tejado de casa,
compartiremos historias, cantaremos y comeremos chocolatinas mirando las
estrellas.
Así pasaron los meses, viviendo cada
una su porción de vida, momentos agridulces que compartieron durante el verano.
Las tres estaban muy unidas, y es que eran una misma persona, juntas formaban
una vida completa. Fue en ese lugar y no en otro donde finalmente pudieron
curar esas heridas que se habían profundizado con los años. La niña ya no
lloraba cuando llegaba del colegio, la adolescente ya no garabateaba palabras
de profunda tristeza en las páginas de su diario, y la mayor... ya no tenía
miedo de nada, se sentía segura de ser ella y además ya no quería ser nadie
más.
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