El ritual era antiguo.
Muchos eran los aspectos que habían sido engullidos por el
tiempo. No en vano, más de 500 años de tiempo y un
oceano de distancia le separaban de aquella época más
dura, más desafiante, y más auténtica, que la
suya propia.
Pero él había
reunido allí algunos de los pocos elementos que perduraban en
la memoria colectiva: el oficiante, un cuchillo, mucha crueldad y
...la víctima.
Ella permanecía
ante él, sobre una humilde tabla de madera que tendría
que hacer las veces de un altar de piedra. Pero las circunstancias no
hacían posible reproducir el ritual con entera exactitud. Ni
podía disponer de una pirámide perdida en la selva, ni
tampoco de una multitud ansiosa de asistir al espectáculo,
llenos de un miedo reverencial. Tampoco disponía de ciertos
artículos, como máscaras extrañas, plumas de
aves exóticas o taparrabos. No. Aquello hubiera sido visto
como ridículo en la actualidad, y el ritual era lo
suficientemente importante para ser tomado en serio tanto por
expertos como por profanos. Así que no se rebajaría a
vestirse a la usanza de civilizaciones perdidas y casi olvidadas por
el tiempo. Y tampoco ofrecería su víctima a cambio del
respeto de unos dioses en quienes no creía y de los que ni
siquiera conocía el nombre. En la actualidad, aquella
parafernalia era innecesaria y contraproducente.
