DESCUBRIENDO Un camino de letras: Relato: "MUCHACHICA" (parte V y última), por Noel Rodriguez

domingo, 9 de diciembre de 2012

Relato: "MUCHACHICA" (parte V y última), por Noel Rodriguez

De esta manera me convenció para volver a su casa, por tercera vez en tres noches. Pero a diferencia de las ocasiones anteriores, en que me dirigí hacia allí cual victorioso caballero que regresa al castillo donde reside su dama, ahora me encaminaba hacia la oscura fortaleza habitada por una criatura despiadada y maligna.
Atravesé el largo pasillo del rellano de su piso de un humor de perros. Me pregunté si algo de lo que me dirían las hermanas podría contribuir a aplacar mi enfado. De verdad que no quería que jugasen conmigo. La Muchachica había empezado a importarme, y podían hacerme mucho daño entre las dos. Me presenté ante la puerta. Inspiré hondo. Llamé.
Me abrieron las dos muchachicas. Una era Estela. Ahora lo sabía seguro. Aunque no podría decir con seguridad cuál. A juzgar por su rostro, ambas podían haber sido mi Muchachica. En esos momentos, ambas hermanas eran idénticas en todo. Ni rastro de las diferencias que me habían ayudado a diferenciarlas con anterioridad: ni las gafitas ni la indiferencia y frialdad de la hermanita repelente. Se las veía compungidas por igual. Supuse que la hermana se habría ganado una fuerte reprimenda.

Hola dije. Antes de nada: ¿quién es Estela?
Yo soy dijo la más próxima. La otra no habló.

OK. Estela. Entonces entiendo que tú eres Evelyn, ¿verdad?
Pasa, por favor, no te quedes en la puerta dijo la primera, estirándome de la mano y obligándome a entrar. Evelyn es otra hermana nuestra que ahora mismo está trabajando en Australia, y que ni se parece a nosotras ni tiene nada que ver con todo esto.
¿Cómo? dije estupefacto ¿Me habéis engañado otra vez? ¿Y pretendéis que me quede?
¡Espera por favor! continuó la primera. Su hermana aún no había abierto la boca No te vayas. Todo tiene una explicación.
¿Sí? Pues más vale que sea buena.
Lo es contestó ella. O al menos, muy gráfica.

La hermana asintió con la cabeza.

Anda, ven al salón. Allí lo entenderás todo.

Tiró de mi una vez más, pero yo me resistí.

No, un momento. No creo que sea tan complicado: ¿Cómo se llama ella? De alguna manera tendré que diferenciaros, ¿no?
Ya te he dicho que era complicado.
¿Qué hay de complicado en decir un nombre?

Las dos hermanas se miraron.

Yo también me llamo Estela.

Si me pinchan no me sacan sangre. Mi mente corrió a intentar ofrecerme variedad de explicaciones posibles. ¿Podía ser que tuvieran unos padres tan irresponsables que hubieran decidido poner el mismo nombre a las dos hermanas? Ni siquiera sabía si eso era legal. Después de unos instantes, reaccioné, dando por zanjada la cuestión: no, no era creíble. No tenía lógica ninguna.

¡No, no puede ser! ─me rebelé, esperando más explicaciones─. ¿Es que no lo veis? ¡Dos personas, dos nombres!
Pasa al salón, por favor dijo una.
Te lo explicaremos todo, pero te lo explicaremos allí insistió la otra.
A ver: ¿tenéis el DNI? me empeciné yo.

Una de ellas me mostró un DNI después de revolver en uno de los muchos bolsos que había en un colgador del recibidor. La foto no daba lugar a dudas. Era ella. Quién fuera que ella fuese. Estela Fernández Incharruaga según el carnet. Hija de Gonzalo y de Idoia.
Nos acercábamos al salón al que tanto interés tenían en llevarme. Quedaban solo unos metros. Y yo seguía dejándome arrastrar pero imponiendo cierta resistencia.

Bueno, de acuerdo. Y aquí me falta otro.
Es complicado repitió una.
Solo hay uno dijo la hermana.
¿Cómo?
Usamos todas ese mismo.
¿Todas? ¿Pero qué narices…? ¿A qué demonios…?

Y el «… te refieres» murió en mis labios cuando por fin, las dos chicas consiguieron hacerme entrar en el salón. Y vi quienes eran las personas que ocupaban todos los asientos de aquel amplio espacio. Nunca me había sentido tan extraño. Me hallaba ante una manada de muchachicas. Todas iguales. Cada uno de sus respectivos cuerpos parecía idéntico hasta el más leve detalle al de la chica contigua: las mismas pantorrillas, la misma melena rojiza, la misma cara adorable Incluso la misma expresión compungida, avergonzada. ¿Cual era el récord mundial de parto múltiple? ¿ocho gemelos vivos? ¿nueve, tal vez? Bien, pues la Muchachica y sus hermanas lo habían superado con creces. No menos de veinte pares de ojos marrones me miraban en la sala redonda. Lo único que parecía diferenciarlas era la indumentaria. Unas iban de rojo, otras de verde, unas de azul, otras de negro. Unas con faldas, otras con pantalones. Unas con tirantes, otras con camisetas. A una, de pie cerca de mi, la reconocí: era la estudiante de gafitas. Mantenía los brazos cruzados al frente, aunque había perdido algo de su actitud distante.

¿Pero cómo…? dije yo, anonadado, estupefacto.
Es lo que intentaba decirte comenzó la que me había abierto la puerta. Yo soy Estela. Y esta de aquí también es Estela. Y todas ellas, también se llaman Estela. Compartimos nombre, porque no somos varias personas. Somos una sola.

Y por fin comprendí aquel sobrenombre que le habían dado a Estela. Lo comprendí todo. «Muchachica»: crees tener una chica y tienes muchas. Hasta aquel momento no me había dado cuenta del chiste. 
 

Esto no puede ser dije, resistiéndome a aceptar la evidencia ante mis ojos. ¿Una persona con muchos cuerpos? ¡Es ridículo! ¿Cómo sabes que no sois varias personas con un solo cuerpo?

Las chicas empezaron a turnarse para decir una sola palabra cada una. Me di cuenta de que estaban pronunciando una única frase que, o bien había sido concienzudamente ensayada, o forzosamente tenía que surgir de una mente común.

Pues
─… porque
─… compartimos
─… pensamientos,
─… tontín
En
─… realidad
─… no
─… necesitaríamos
─… hablar
─… entre
─… nosotras
Aunque
─… la
─… verdad
─… preferimos
─… hacerlo
─… sobretodo en presencia de otros concluyó una.

Me sentía como Darren, el marido de Samantha en Embrujada.

Si hemos accedido a mostrarte nuestro secreto es porque nos gustas mucho. Y no queremos que se acabe así lo nuestro dijo la que estaba más cerca de mi, rodeándome con el brazo.
Bueno, un momento, un momento, un momento. Entiendes que esto se haya complicado un poco, ¿no? ─me defendí yo, separándome de su abrazo─. ¡Esto es lo más insólito que he visto en mi vida! ¿Siempre habéis sido así? pregunté.
No, no siempre. Hubo una época en la que yo era una única persona con un solo cuerpo.
Ahá. ¿Y qué pasó?
Bueno, te lo explicaré, pero te advierto que es una explicación increíble, que hay quien no consideraría racional o científicamente demostrable. Vas a tener que fiarte de mi palabra y tener una mente receptiva y abierta.
Tengo una mente de lo más abierta dije convencido. Dispara.
Bueno, pues todo sucedió estando de vacaciones en Marruecos, donde pasé un par de semanas en compañía de unos amigos. Y durante el transcurso de ese viaje, en una excursión al Atlas, ocurrió que descubrí una lámpara antigua, la froté y lo creas o no, ¡de dentro salió un genio!

Sin duda, otro hubiera escuchado el relato, se hubiera levantado en silencio, y se hubiera marchado. Pero como acababa de decirle a la Muchachica, tengo una mente de lo más abierta, y lo que dije fue:

¿Cómo se llamaba el genio?

Tuve el gran placer de ver como mi pregunta hacía que se cambiasen las tornas. Obviamente esperaban un mayor nivel de escepticismo por mi parte.

Flidriff dijo una de ellas.
Ahá contesté yo. Lo imaginaba. Yo también tuve la suerte de encontrar una lámpara maravillosa en un recodo del camino que conduce al monte Toubkal. Ni siquiera estaba escondida. Cuando Flidriff apareció desde su interior, no me dio la impresión de llevar encerrado cientos de años: en lugar de darme las gracias y alegrarse, mostró bastante indiferencia hacia su recién recuperada libertad y solo acabó concediéndome un deseo tras mucho insistir. Eso sí: tuve que conformarme con un deseo de medio pelo, algo que no fuera completamente irrealizable por sí solo. Ahora me doy cuenta del porqué. Tal vez había gastado buena parte de sus poderes concediendo un deseo anterior.
¿¿Conociste a Flidriff?? ─dijeron todas a la vez, flipando.
Bueno reflexionó la representante de todas en voz alta, la verdad es que coincide, porque cuando Flidriff nos concedió nuestro deseo, procuramos dejar su lámpara en un lugar bien visible, para que pudiese hacer uso de ella el siguiente que pasara.
Pues ya ves. Ocurrió.
¿Y tú al final qué pediste? me preguntaron.
Bueno, viendo que no podía pedir cosas muy complicadas, al final me decidí por algo improbable, pero que por leyes probabilísticas tal vez algún día pudiera suceder. Y debo decir que me lo concedió.
¿Qué fue? preguntaron ellas con curiosidad.
Bueno, le dije que me gustaría llegar a ver la selección ganando el Mundial.

Aquello despertó cierta hilaridad entre las muchachicas. La verdad es que no sé si seguir usando el plural o el singular. Cuando hablo de mi Muchachica, todo se vuelve algo confuso.

Hay que reconocer que Flidriff es muy eficaz continué. Me lo concedió a la primera. ¡Y las Eurocopas fueron de propina!
Sí que es eficaz, sí continuó Estela. En mi caso, cuando salió, llevaba al menos un siglo o dos encerrado, de forma que había acumulado poder para conceder cualquier deseo. Cualquiera. Incluso los imposibles.
Y eso fue lo que le pediste: un imposible.
Bueno, ni siquiera llegué a formular el deseo. Tan solo me limité a explicarle mi problema. Y es que soy muy activa. Demasiado. Tengo ganas de comerme el mundo. Y eso a veces es un problema. No tengo tiempo para dedicar a todas las actividades que me gustan. Quiero hacerlo todo: escalar, esquiar, paracaidismo, danza Y luego están los amigos... Y los estudios, qué decir: desde Egiptología y Criminología, hasta Economía, Física, Derecho, Medicina ¿Y las vacaciones? Egipto, Australia, la India, China ¡¡Quería ir a todas partes!! ¡Hacerlo todo! Hasta el momento en que encontré a Flidriff, ya había ido trampeando, pero aquello no era sostenible por más tiempo, e iba a tener que empezar a hacer renuncias. Renuncias muy dolorosas, porque sencillamente no hay tiempo para todo.
Entonces pediste tiempo.
Exacto. Y eso fue lo que me concedió. Una manera un tanto peculiar, lo reconozco, de poder llegar a todo. Y no me quejo. Aunque a veces de miedo pensar que mis sueños no hubieran sido realizables de no haber podido disponer de este ejército de casi veinticinco yos. Pero gracias a ellas, puedo decir que me siento completamente realizada.

La interlocutora se detuvo y me miró con una sonrisa de satisfacción. Las chicas a su alrededor se miraron y se abrazaron entre sí, como si fueran grandes amigas.

Bueno Casi completamente realizada añadió con tristeza. Pero la verdad, por mucho que tenga un montón de compañeras, no dejan de ser todas yo misma. Y eso significa que en realidad estoy muy, muy sola. La gente toma las de Villadiego cuando ve algo fuera de lo común. Nadie se queda a nuestro alrededor mucho tiempo. No tengo amigas. No tengo novios. Amantes sí, los que quieras.
Tal vez demasiados repuso otra.
A veces en una misma noche dijo una tercera. Pensamientos laterales que otra persona hubiera retenido para sí, la Muchachica los revelaba haciendo uso de sus dobles, un tanto impulsivamente. Su necesidad de sincerarse ante alguien tenía que ser enorme.
Por eso, lo que dijiste el otro día
─… aquello de que te gusto mucho precisó una segunda voz.
─… me encantó zanjó la primera al fin. Me sacudió por dentro y me elevó por los aires. Y entonces comprendí que no deseo perderte. Por eso quería explicártelo todo y a punto de dejarse llevar por la emoción, la Muchachica se detuvo. Otra de ellas tomó el relevo en el relato, aunque también parecía a punto de hacer pucheros. Todas tenían los ojos brillantes.
─… y ahora, que te lo hemos explicado todo, eres el primero, el único que ha aguantado todo el relato sin marcharse, protestar o gritarnos que lo que decimos es imposible, una tontería o un invento. ¡El único!
─… y además conociste a Flidriff. ¡No puede ser casualidad! ¡Es una señal!
No me dejes, por favor. Te necesito. No sabes cuanto te necesito.

Bueno, debo reconocer que aquello era enternecedor, de verdad. No es algo que te suelan decir veinticinco tías de bandera a la vez. Yo me resistí, por supuesto. Como se puede entender, seguía teniendo algunos peros. Aunque la verdad, viéndolas allí a punto de llorar, se me encogía el corazón. ¿Quién era yo —me dije sin olvidar el drama personal que había supuesto intentar separarme de ella aquella misma mañana— para causar tanto pesar a ellas o a mí mismo?
Total, que empezó la reconciliación. Y se acercaron a mí. Todas ellas. Y comenzaron los largos abrazos y los besos también largos. Afortunadamente, con que besara a una, las demás parecían contentarse. Aún así, besé más de unos labios. Besé muchos.
La temperatura fue en aumento. Se notaba que allí íbamos a subir un peldaño más. Entonces una de ellas, la de las gafitas, se hizo oír entre todas las demás:

¡Bueno, bueno, a ver, organización! clamó─. Vamos a ver: pensemos en todo lo que hay que hacer mañana. Unas cuantas personificaciones tendrían que irse a descansar mientras las demás atienden adecuadamente a Enric dijo, despertando un Oooh general. Yo me quedo a estudiar otra vez. Mañana tenemos el examen supremo, de manera que será mejor que busquéis una ubicación más adecuada para el amor y sobre todo, sobre todo, no hagáis ruido.

Pero antes de que las cosas fueran a más, alargué la mano de entre unas cuantas personificaciones que me rodeaban y agarré a la estudiante.

No dije. Tú tienes que estar.

Ella me miró sorprendida.

Pero ¿precisamente yo?.… no puedo. El examen
Por favor le insistí.
De acuerdo dijo ella. Y procedió a quitarse aquellas gafitas que le otorgaban una personalidad diferente para dárselas a otra. Pero yo lo impedí.
No te las quites le insté.
Pero sin las gafas, las demás tampoco podrán estudiar contestó alarmada─. No nos quedan más.
Me dan mucho morbo añadí por toda explicación.

Hubo un momento de tensión infinita. Percibí su lucha interna. Realmente la Muchachica había movido cielo y tierra para cumplir sus sueños y, quizá por primera vez desde que se había multiplicado por veinticinco, se encontraba con un obstáculo en sus planes. Y ese obstáculo era yo. La pausa se alargó. El resto de las muchachicas permanecieron congeladas también, con el mismo dilema. Acceder podía equivaler a suspender el gran examen y, tal vez, romper con algún sueño. Por otro lado, nuestra primera noche juntos, la primera desde que sabía la verdad, bien podía valer un sacrificio.
Gané. Por todo lo alto. La intelectual buscó mis labios con desespero y fruición, y los encontró. Un poco menos preparados de lo que hubiese yo sospechado. Alrededor nuestro, todo el comedor pareció empezar a arder de pasión. Voló la ropa. Las mil prendas que vestían las muchachicas volaron por los aires y se comenzó a gestar la gran orgía con la que la mayoría de los hombres solo sueñan. Veinticinco chicas desnudas me rodeaban. Nos cogieron a a la intelectual y a mi en volandas y procedieron a despojarnos de nuestra ropa sin que en ningún momento dejáramos de besarnos. Enseguida vi que esto de tener una novia con tantas manos sin duda podía suponer una gran ventaja.
La cosa se calentó más. Empezó el folleteo. Yo temía por mi integridad física. Afortunadamente para mi, las muchachicas parecían más que satisfechas con darse placer unas a otras. Supongo que no era mas que una forma de masturbación. Por fortuna, puesto que así no tuve que ser yo quien apagara el fuego de veinticinco tías ávidas de sexo. Con cinco o seis tuve de sobras, creedme.
La noche fue muy larga. Debían ser hacia las tres o las cuatro de la mañana cuando desperté, en un colchón de regazos de muchachicas. Había diez o doce que me hacían caricias y mimos por todo el cuerpo. Otras yacían a nuestro alrededor, dormiditas. Era hermoso ver a algunas abrazadas a sus copias.
Me di cuenta de que había una luz encendida todavía en aquel salón donde había tenido mi primer ménage à vingt-cinque. La luz era la de la cocina. Una de las muchachicas, de espaldas a mi y desnuda, como todas las demás, se había subido a un taburete y se había puesto a estudiar. Otra estaba junto a ella. Parecía intentar ayudarla de alguna manera. Adiviné que se trataba de la intelectual. A pesar de todo, la Muchachica había seguido en sus trece. Había atendido a mi necesidad sin por ello renunciar a la suya propia.
Miré las caras de las chicas que seguían haciéndome mimos. El masaje a veinte manos se estaba cobrando su tributo. Cerré los ojos, satisfecho, y me pregunté por el futuro. ¿Qué cabía esperar a partir de aquel momento glorioso?
Debí haber supuesto que una vez alcanzada la cumbre de tu existencia, ya solo te queda un camino: descender.

2 comentaris:

Rabano Yodado dijo...

Un relato muy fantástico. Me hubiera gustado leer las primeras cuatro partes. Te invito a que leas mi historia:
http://lasperrasderabanito.blogspot.com/2013/05/oscarito-una-inocencia-perdida.html

escoltainvisible dijo...

Me alegro que te haya gustado, Rábano. Puedes encontrar las cuatro partes precedentes en este mismo blog. Espero que si las lees te siga gustando. Gracias por comentar.

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