En este lugar la brisa es diferente, sabe a chocolate y
huele a menta. Aquí puedo ser yo misma porque no hay apariencias, ni primeras o
segundas impresiones, porque lo único que se tiene en cuenta es la bondad que
hay en las almas y se mide en intensidad de luz. Aquí mi cuerpo refulge de amor
por todas las cosas. Pero mi dolor también está presente, es tan intenso que lo
veo emanar en un vapor que sale de cada uno de mis poros, es apenas
perceptible, pero impregna el ambiente y se pega como un molesto sudor frío en
los cuerpos de las ninfas, y ellas no pueden evitar llorar. Me ven llegar y
derraman lagrimones de empatía.
En la explanada de hierba de color rojo fuego, los
conejos blancos llevan relojes de cuco de una madriguera a otra. Van con prisa
como si quisieran evitar que la puertecita se abriera antes de llegar a su
destino. Es un juego de lo más estrafalario, pero no voy a ser yo quien juzgue
las acciones de los demás. Aquí nadie se
parece a nadie, y eso me gusta, porque todo el mundo puede ser diferente sin
que le señalen con el dedo por serlo. A lo lejos veo cómo dos señores de barba
larga y blanca pedalean en una bicicleta doble de enormes ruedas delgadas. Ambos
llevan gafas de aviador, pantalones marrones y calcetines a rallas blancas y
verdes que puestos por encima del pantalón les llegan a las rodillas. Me
saludan con la mano cuando me aparto un poco del sendero y les dejo pasar. No
se paran a hablar porque, a pesar de pedalear despacio, tienen prisa.